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O una visión (no catastrófica) del mundo que no veremos los aquí presentes

Jorge Sánchez Conejo

#inteligenciaartifial #tecnología

No nos pongamos nerviosos, que ya estoy oyendo decir, allí al fondo, en el pupitre pegado a la ventana: venga, hala, otro iluminado que nos viene a hablar del apocalíptico fin del mundo. Tranquilos, que no va a ser así.

Voy a hablar de inteligencia artificial y la evolución de la tecnología; si te interesa, eres más que bienvenido.

Esto de la inteligencia artificial y la evolución de la tecnología son materias que pueden asustar de entrada —o dar risa, que nunca se sabe—:

«¡Pepe, ven, que en la 2 sale un robot que se viste él solito de chulapo!»

Aunque eso puede suceder —y a alguien se le ocurrirá que un robot se vista de chulapo— la cosa es bastante más seria que eso. Y es seria no en el sentido de preocupante sino de interesante, apasionante, compleja, y también un tanto onírica.

La inteligencia artificial la tenemos ya por todos lados: las apps de los teléfonos, en el correo electrónico, en los coches que conducen solos… Y en muy pocos años estará omnipresente en nuestras vidas. Y eso no es malo; es más, bien empleado será bueno, muy bueno. El matiz bien empleado es la clave, pero eso es tema para otro artículo.

La inteligencia artificial es la inteligencia exhibida por máquinas. Aunque tendamos a asociar lo de máquinas a robots del estilo Terminator, en la inmensa mayoría de los casos no son más que programas de ordenador. Programas de ordenador como los que usa el ordenador que hace posible que ahora mismo me estés leyendo, aunque algo —bastante— más inteligentes.

Esto de la inteligencia artificial ya lleva entre nosotros desde 1960, cuando Marvin Minsky introdujo el término inteligencia artificial en su famosa publicación del 24 de octubre. Los fundamentos de la inteligencia artificial y del aprendizaje de máquina —o machine learning— fueron instaurados en esos años por Marvin Minsky y también por matemáticos como Richard Bellmann, que en su publicación de 1954 sentó las bases de la programación dinámica y, por ende, del aprendizaje de máquina.

Vale, sí, pero ¿por qué precisamente ahora vemos por todos lados esto de inteligencia artificial y machine learning? Bueno, sencillo: la evolución de la tecnología nos lo permite. Ahora somos capaces de crear programas de ordenador —máquinas— que aprenden por sí mismos —previa programación humana para que aprendan— y que lleguen a objetivos deseados sin la intervención del programador. De ahí lo de inteligencia artificial.

Si vemos una gráfica de la evolución de la tecnología, nos damos cuenta que entre avance y avance pasaban cientos o miles de años.

Pero ahora, en los últimos años la tecnología avanza a pasos agigantados, siendo solo unos pocos los capaces de mantenerse actualizados. Esta evolución de la tecnología se puede representar por la ley de Moore, que dice que cada 18 meses se duplica el número de transistores en un microprocesador, o dicho de otra manera, se duplica la inteligencia o capacidad de computación. Esto viene a ser una gráfica de una función exponencial del tipo e elevada a x. Para los que hacíais pellas cuando tocaba clase de matemáticas, esto es una función que se inicia muy despacio, que cuando aumenta el valor de x apenas cambia el valor de y, pero que llega un momento que con pequeñísimos cambios de x, el valor de y se dispara, tendiendo a infinito. Para los más visuales, mirad esta animación.

Gráfica proveniente de este artículo

Lo que hace la animación es comparar los cálculos por segundo que es capaz de hacer un ordenador con el tiempo que tardaría en llenarse el lago Michigan con gotas de agua que vayan al mismo ritmo de crecimiento que el aumento de la capacidad de computación. Como vemos, en 75 años —de 1940 a 2015— apenas se aprecian cambios, pero, de repente, en 2015, se inicia un ritmo exponencial de llenado del lago, y en apenas 10 años se llena completamente.

Como hemos dicho, la capacidad de computación —o el número de transistores en un microprocesador, o la inteligencia de una máquina— se dobla cada 18 meses. Y el camino que se inició en los años 50 empieza ahora a acelerarse, como el llenado del lago Michigan.

¿Qué significa esto? Significa que en 80 años, la capacidad de computación apenas cambió. Pero en el 2001, las máquinas —programas de ordenador— pudieron compararse con la capacidad del cerebro de un insecto, en términos de capacidad de adquisición, envío y procesamiento de información. En 2007, las máquinas consiguieron ponerse a la altura del cerebro de una rata. Y se estima que en el 2025, las máquinas —programas de ordenador— estarán a la altura del cerebro humano.

Pero no nos olvidemos de un detalle: estamos montados en un cohete, subiendo como locos por la gráfica exponencial, por la curva de la ley de Moore. Agárrense que vienen curvas.

Para el 2050, se prevé que las máquinas tengan la misma capacidad de computación que todos los cerebros de los seres humanos la Tierra, tomados todos juntos. Y de esto será capaz una sola máquina, un solo programa de ordenador.

¿Ves dónde voy?

Si esto lo vamos a ver con nuestros propios ojos —¿2050? lo veremos, ¿no?—, ¿qué pasará cuando no lo podamos ver? De seguir este ritmo de crecimiento de la inteligencia artificial, ¿dónde se habrá llegado en el año 2100, en el 2500, o en el 4683? Imposible saberlo: ya se ha demostrado a lo largo de la historia lo malos que somos los seres humanos para hacer predicciones a largo plazo.

En este punto quizá entiendas el título del artículo y, con imaginación, hasta puede que le encuentres sentido. Yo sí puedo concebir un mundo en el que el concepto de Dios sea cosa del pasado, no porque ya no creamos en un dios, sino porque Dios —cada uno el suyo—, tal como se concibe ahora, deje de tener sentido y su lugar lo ocupe un robot: una inteligencia artificial que nos dé de comer, beber, nos construya las casas, nos acompañe, nos evite tener que trabajar porque ya lo hace él por nosotros. Y, además, este supuesto robot-dios habrá diseñado, a su vez, otra máquina de inteligencia suprema que nos modifique genéticamente y haga realidad el sueño del hombre, lo que todas las religiones prometen: la inmortalidad.

Un robot que nos de la vida eterna, ¿no será el Dios a idolatrar?

Te dejo tarea: mete en una batidora la ley de Moore, la evolución de la tecnología, la inteligencia artificial, un chiste de Chiquito, y lo dejas reposar tranquilamente durante una noche. A la mañana siguiente, una vez lavada la cara y tomado el café, vuelve a pensar el asunto y dime si lo de un dios-robot te parece medianamente factible…

Y no me des la razón como a locos. ¡Por Dios!

Publicado por Jorge Sánchez Conejo el 31 agosto 2018 a las 12:23 bajo licencia Creative Commons 4.0 Internacional. Si has llegado hasta aquí y sigues leyendo, mil gracias. Escribe un comentario con tu nombre y te erijo una estatua nominativa en tu ciudad de preferencia 😀